
La línea
Margaret, 35, tiene un historial violento que ya le ha costado una relación sentimental. Se ha mudado con su madre Christina, una mujer frágil e inmadura de 55 años que culpa a Margaret de arruinar sus sueños de tener una carrera como pianista. Durante una discusión, Margaret golpea a Christina y entra la ley. Mientras espera el juicio, a Margaret se le prohíbe entrar en contacto con su madre y tiene que mantener una distancia de 100 metros respecto a su casa. Esto intensifica sus deseos de acercarse a su familia. Cada día, Margaret aparece a 100 metros para ver a su hermana de 12 años y darle clases de música.
Resumen
En La línea, Margaret, una mujer de 35 años con un historial de violencia y una vida marcada por los conflictos, regresa a la casa familiar tras una relación sentimental fracasada. Su convivencia con su madre, Christina, una mujer frágil, inmadura y llena de frustraciones, desemboca en una agresión que obliga a intervenir a la justicia. Como consecuencia, Margaret tiene prohibido acercarse a su madre y debe mantenerse a una distancia de cien metros de la vivienda familiar mientras espera el juicio. Esa separación legal, lejos de apaciguar las tensiones, convierte el espacio que rodea la casa en una frontera cargada de significado. Margaret acude cada día hasta el límite permitido, incapaz de romper por completo el vínculo con su familia. Allí intenta mantener el contacto con sus dos hermanas, especialmente con Marion, de doce años, a quien da clases de música. La niña se convierte en el principal puente entre Margaret y un hogar del que ha sido expulsada, aunque también empieza a percibir, desde su propia mirada adolescente, las contradicciones y heridas que atraviesan a los adultos. Christina, por su parte, vive atrapada entre el resentimiento hacia su hija y sus propios sueños frustrados, entre ellos una carrera como pianista que nunca llegó a desarrollar. La relación entre ambas está marcada por reproches acumulados, dependencia emocional y una incapacidad casi física para comunicarse sin hacerse daño. Frente a ellas, Marion observa y aprende, tratando de comprender un mundo familiar en el que el amor convive constantemente con la amenaza y el rencor. La película aborda la violencia doméstica sin reducirla a un enfrentamiento simple entre culpables e inocentes. Su centro está en las fronteras —físicas, legales y emocionales— que se levantan dentro de una familia, y en la dificultad de reparar el daño cuando los vínculos también son una forma de dependencia. La música funciona como un lenguaje alternativo, capaz de expresar lo que los personajes no logran decir, mientras que la línea de cien metros simboliza tanto el castigo como el deseo de acercamiento. Con una mirada contenida e incómoda, La línea explora la culpa, la herencia de la violencia, los límites de la protección familiar y la posibilidad, siempre incierta, de transformar una relación rota.







